La ausencia del padre, la presencia del amor

 

Este no es solo un escrito sobre el abandono paterno. Es un llamado a mirar de frente esa herida que muchos llevamos en silencio. Una herida que se abre cuando alguien que debía quedarse, se va. Cuando alguien que debía protegernos, elige no hacerlo. Cuando el vacío tiene el rostro de quien más esperábamos.

No quiero contarlo desde el dolor de mi hija, aunque lo conozco. Quiero contarlo desde el mío, desde la voz de una mujer que también fue niña, que también esperó una presencia que nunca llegó. Pero, sobre todo, desde la mujer que se convirtió en madre, y a quien le tocó ser todo sin haberlo planeado así. Esta es una historia de abandono, sí. Pero también es una historia de amor, de reconstrucción, y de verdad.

Porque seamos honestos: no, padre no puede ser cualquiera. Ser padre va mucho más allá de un acto biológico. Ser padre es presencia, compromiso, afecto, ejemplo. Es elegir, todos los días, ser guía, ser hombro, ser raíz. Quien no se queda, quien no asume, quien huye, no merece el título. Porque no todos los hombres se vuelven padres al tener un hijo; algunos se vuelven padres cuando eligen amar a uno que no engendraron.

Y lo sé porque lo viví. Porque mientras criaba a mi hija en soledad, descubrí una fuerza que no sabía que tenía. Fui consuelo y dirección, abrazo y autoridad. Fui la que estaba siempre. La que sanaba preguntas sin respuestas. La que recogía los pedacitos invisibles que dejaba la ausencia. Y fui, también, testigo del milagro: ese que ocurre cuando alguien nuevo llega no a llenar un vacío, sino a traer un amor distinto. Mi esposo no es el padre biológico de mi hija, pero es el hombre que eligió ser su papá, desde el alma.

Esta historia no es solo mía. Es de miles. De quienes fueron niños esperando que alguien volviera. De quienes crecieron con una mitad ausente. De quienes hoy son adultos y todavía sienten el eco de esa ausencia. También es de quienes decidieron quedarse, aunque no era su obligación. De quienes amaron sin herencia genética. De quienes repararon desde el afecto lo que otros rompieron desde la indiferencia.

Y para ti, que estás leyendo esto desde cualquiera de esas dos orillas, quiero decirte algo: El abandono no te define. Tu valor no depende de quien se fue. Tu historia no termina en la herida. Tal vez creciste creyendo que algo en ti no fue suficiente para que se quedaran. Pero hoy quiero que sepas que eso no es verdad. La decisión de abandonar siempre habla del otro, no de ti. No eras demasiado, no eras poco, no eras culpable. Eras solo un niño o una niña esperando lo que merecía: amor, compañía, guía.

También quiero decirte que esa herida no tiene por qué quedarse abierta para siempre. Puedes sanarla. A tu ritmo. A tu manera. Porque, aunque no puedas cambiar lo que pasó, sí puedes elegir qué haces con eso que te dolió. Puedes usar esa herida como impulso. Puedes dejar de buscar allá afuera lo que ya habita en ti. Puedes ser tú quien se quede, contigo mismo, contigo misma.

Y si te tocó ser quien crió en soledad, quiero honrar tu camino. Eres prueba viva de que el amor verdadero no siempre necesita compañía, pero florece aún más cuando encuentra quien lo acompañe con respeto. Eres fuerza, ternura, raíz. Has sido faro en medio de la oscuridad, y eso es extraordinario.

En cualquiera de los dos casos, si está herida vive en ti, te dejo este mensaje con todo el corazón:

Tu historia puede doler, pero también puede sanar. Tu herida puede llorar, pero también puede florecer. Porque tú no eres lo que te faltó; eres lo que decidiste construir con lo que tenías.

 

Quiero cerrar este escrito con un mensaje especial para mi esposo y compañero de vida:

A ti, mi amor…

Gracias por llegar cuando nuestras raíces apenas comenzaban a tomar fuerza. Gracias por mirar a mi hija con ojos limpios, sin pasado, sin juicio, solo con amor. Gracias por abrazarla como tuya, no por obligación, sino por elección.

Gracias por quedarte cuando hubiera sido más fácil irse. Por construir con nosotras un hogar hecho de respeto, ternura y nuevas oportunidades. Por no intentar reemplazar, sino sumar. Por convertirte, con cada gesto, en el padre que ella merece.

Tu amor no borró lo que dolió, pero sí escribió una historia nueva sobre esa herida. Una historia donde la presencia pesa más que la ausencia, y donde el amor elegido vale más que el heredado.

Gracias por ser faro, refugio, compañero. Gracias por amarnos como familia, sin condiciones. Porque contigo, ella aprendió que hay hombres que se quedan. Y yo también.


  Escrito propio L.C 2025

Para Dualidad: un proyecto que emerge desde mi propia carencia, transformando la ausencia en aprendizaje y guiándote en la construcción de tu verdadera riqueza

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